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MIEDO, HUMILLACIONES Y HOSTIGAMIENTO: LOS RELATOS DE LOS PRESOS POLÍTICOS DE LA REPRESIÓN EN EL CONGRESO

Estuvieron seis noches detenidos, primero en comisarías -sin agua y esposados- y después en cárceles federales -en pabellones comunes y en condiciones insalubres-. Los crudos detalles que contaron a El Destape Radio.

Golpes, humillaciones, hostigamiento, robo de objetos, irregularidades en los procedimientos legales y un sinfín de violaciones de derechos fueron algunos de los abusos que sufrieron los manifestantes, personas en situación de calle y vendedores ambulantes que fueron injustamente detenidos en los alrededores del Congreso la semana pasada por las fuerzas federales de seguridad y la Policía de la Ciudad, durante y después de la masiva represión que sacudió pero no modificó la aprobación de la Ley Bases en el Senado.

Ese miércoles, detuvieron a 33 personas y les impusieron una caratula que hoy quedó demostrado fue excesiva e injustificada, pese a que el Gobierno de Javier Milei -con el fiscal Carlos Stornelli como partícipe necesario- sigue acusándolos de intentar dar un golpe de Estado, cometer actos terroristas y, en su versión más llana, de ser delincuentes. Dos días después, 15 fueron excarcelados y, el viernes pasado, la jueza María Servini dictó falta de mérito y liberó a otros 11. Cinco quedan aún detenidos. Varios de estos presos políticos que estuvieron seis noches en comisarías y luego cárceles federales hablaron con El Destape Radio en las últimas horas y lo que relataron termina de graficar la estrategia de terror que busca imponer el oficialismo libertario en momentos en que la crisis económica y la agenda del Congreso auguran muchas más manifestaciones.

Detenciones: cacería, golpes y humillaciones

En los relatos, una y otra vez aparecen imágenes y situaciones de la violencia institucional que sufrieron desde sus detenciones hasta el último día que estuvieron presos. «Les decía que me dejaran ponerme la mochila (mientras era detenido) y obviamente no me dieron bola. En eso me empiezan a ahorcar. Yo dije: ‘Me estás ahorcando’. Empiezo a perder fuerza, me empiezan a llevar arrastrado y me decían: ‘Cooperá porque va a ser peor’. Yo decía: ‘Me siento mal’, y entonces me agarraron del pantalón y el calzón y me los levantaron hasta la nuca», contó el músico y productor Santiago Adano.

Roberto Torres es miembro del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos y abogado de tres personas que fueron detenidas esa tarde. Contó sobre uno de sus defendidos: «Durante la detención fue golpeado muy duramente por la policía y hubo una situación humillante. La misma policía le bajó los pantalones y lo dejó tirado boca abajo sin los pantalones, mientras pedía que lo tapen. Empezó a recibir comentarios humillantes por parte de la policía. Cuando quiso taparse, los policías le pegaron.»

La policía utilizaba la humillación y la violencia como dos lados de la misma moneda. «Un grupo de policías nos entregaba a otro como si fuésemos una presa. Uno me decía que estaba bastante enojado porque nadie declaraba y volvían a salir de cacería y a buscar mas (detenidos)», contó Juan Ignacio Spinetto, un profesor de educación cívica, abogado y militante del gremio de docentes Ademys y de UTE. Lo detuvieron, como a la mayoría, cuando desconcentraba y ya estaba lejos del Congreso, en México y Lima. «Las primeras 48 horas estuve a disposición de la Policía de la Ciudad en una alcaidia de Barracas. Las otras detenidas pensaron que me iban a matar por como sangraba», recordó.

En el mismo lugar, la detuvieron a Camila Juárez Oliva: «Caí al piso, mi amigo me quiso levantar y no pudo. Nos apuntaron con un arma en la cabeza diciendo: ‘Quedate ahí’. Me detuvieron en Lima y México. Ya nos estábamos yendo», relató.

Gabriel Fulari aún hoy no sabe a ciencia cierta qué dice su causa ni dónde está su teléfono. Solo sabe que todo fue injustificado. «Ni yo ni nadie de alrededor mío golpeó ni tiró piedras. Se puede constatar con cualquier cámara de la ciudad. Me agarraron por la espalda. No podría nunca hacer eso. Escribieron cualquier cosa. Es un disparate. También se puede chequear con las cámaras que no obstaculizamos el tránsito. La policía era la que obstaculizaba, no había tránsito», relató.

«Cuando me detuvieron me tiran al costado de Congreso. Nos llevaron a Madariaga, pasamos la noche ahí. No pudimos plantear una defensa. Al defensor público que me representa, no le dieron un espacio para que esté a solas conmigo. En el edificio había otras personas, un policía entre ellas. Cuando me llevaban al penal me decían que no sabían dónde íbamos. Nos negaban información sistemáticamente y nos negaban la posibilidad de comunicarnos», repitió una y otra vez.

Uno de los casos que más difusión tuvo en estos días fue el de Remigio Ramón Ocampo, un vendedor ambulante de empanadas que fue a la manifestación a trabajar con su carrito. Él terminó 48 horas detenido en Marcos Paz y su hija Belén Ocampo, de 28 años y su nieta Mía, de 18, fueron llevadas al penal de Ezeiza. Remigio contó que cuando vio que la policía comenzó a reprimir le dijo a toda su familia que se iban. Pero lo agarraron cuando fue a buscar el carrito.

“La policía no agarró a uno de los que tiraban piedras, decidió detenernos a nosotros. Cuando nos detuvieron nos trataron mal, psicológicamente mal. Nos preguntaban a qué partido político pertenecíamos”, denunció el hombre, quien describió irregularidades desde el primer hasta último momento de su detención: “Algunos chicos escucharon que Servini o una de sus secretarías dijo que los llamó Karina Milei y les dijo que no había que largar a ninguno de los presos.”

Nora Longo tiene 59 años y llegó a la manifestación ese miércoles cuando ya casi no quedaba nadie. Fue filmando las escenas que quedaban y al doblar en una callecita escuchó unos gritos. Intentó filmar pero una persona, que no se identificó como policía le dijo que no podía, la agarró del brazo y junto con otras dos oficiales la detuvieron: «Siempre salgo sola, no es la primera manifestación, salí mil veces. y siempre en un entorno de paz, poniendo paz, pero reclamando mis derechos. Ahora a mí me llevan detenida como si fuera como la peor delincuente porque cuando me esposaron y me llevaron en un celular, siete motos adelante, un patrullero, con la sirena, me llevaron a un lugar que no sabía dónde era. Cuando bajamos era un lugar espantoso por donde se vea, sello de manos, he sellado más de 20 papeles, no sé lo qué sellé, me sacaron todo, hasta los cordones de las zapatillas. Celular, todo», recordó.

No le explicaron nada, le pidieron que se desnude -se negó- y, cuando finalmente le dijeron que estaba detenida, la hicieron bajar tres o cuatro pisos. Ahí le agarró miedo de verdad. «Me llevaron a una celda, oscura, horrible. Pregunté por qué yo tenía que entrar a ese lugar y lo único que me dijeron fue: ‘Usted sabe que está detenida, pase’. Nunca dijeron por qué estaba detenida. A la hora vino otra chica, que ahí me enteré que era la chica que yo filmaba que gritaba, que es la hija del señor que estaban matando. Si un ser humano está tirando en el piso y tenés a cinco o seis personas sobre su cuerpo, ¿te parece que no lo mata o yo estoy errada? Yo no soy terrorista, no soy como me dijeron que soy golpista de Estado, me manifesté mil veces por mis derechos. La última manifestación fue la de las universidades, me convoco sola, me conocen, claro que me conocen, tengo un Facebook donde publico todo lo que hago», contó.

Esposadxs, hostigadxs y sin información: las primeras noches en comisarías

Juárez Oliva es estudiante de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) -institución que se solidarizó con ella y pidió su liberación-, tiene dos nenes y, según contó su mamá Silva cuando desesperadamente defendía su inocencia, organiza ollas populares con sus compañeros para ayudar a cientos de personas que no llegan a comer todos los días. Una escena cada vez más habitual en el Conurbano y en el resto del país. «Nos torturaron bastante. Estuvimos 24 horas en un celular esposadas. No nos daban de comer ni de tomar, no nos decían a dónde nos trasladaban», relató a este medio.

Esta modalidad fue la que primó en las primeras noches, cuando los pasearon por comisarías, ya sobrepobladas. «La primera noche dormimos en la camioneta esposadas en una silla. Tenía rejas así que no nos podíamos ir, pero solo podíamos usar una mano. Teníamos que comer con una mano, no nos daban agua no nos dejaban bajar al baño y no nos comunicaron con un abogado en ningún momento. Tardaron como 15 horas en ponernos en contacto con un abogado, más o menos. Nosotros no entendíamos nada de lo que estaba pasando afuera», comenzó a relatar Sofía Ottogalli.

«Nos llevaron a la comisaría número 4, nos dijeron que no había lugar para nosotras, nos querían meter en un patio con los varones todos juntos, después dicen: ‘No’, y nos llevan a la comisaría número 15 de Chacarita. Ahí tampoco había lugar para nosotras. Nos dejan en un pasillo. La segunda noche dormimos en un pasillo en el piso. Todo el tiempo las condiciones fueron así. En Chacarita, el edificio no tenía agua para ir al baño o para tomar. El agua que nos mandaban nuestros familiares no la dejaban pasar. Todo el tiempo fue una situación bastante inhumana. Nunca nos dieron comida en los tres días que estuvimos ahí, solo la comida que nos mandaban nuestros familiares”, recordó la joven que fue detenida cuando desconcentraba de la manifestación: «Estaba yéndome a casa caminando. Me agarraron, me pegaron, me rompieron el pantalón, me pegaron patadas.»

Después que la indaguen en el tribunal de Servini, Nora Longo fue trasladada a otra comisaría, en Lavalle y Talcahuano. «Me trataron como a la peor de las mujeres, me hicieron desnudar, poner el cartelito, me hicieron sellar como 30 papeles distintos, ahí me hicieron pasar por la médica. Le conté de mi enfermedad (sufrió desnutrición severa y debe controlar su alimentación), que hacía más de 30 horas que no comía nada, que no puedo bajar un gramo porque me llevó cuatro años de mi vida restablecer mi salud. Tengo testimonio de todo lo que hablo. Sin embargo, ellos me llevaron como la peor delincuente. Finalmente me dijeron que ahí me iban a dar de comer, pero a mí no me interesaba la comida, me interesaba mi dignidad», sostuvo.

Cárceles de máxima seguridad: el mayor temor

Longo vio pisoteada su dignidad de nuevo cuando la trasladaron a la cárcel federal de Ezeiza. «Nunca había estado ahí. Abrieron las puertas, 15 ó 20 mujeres policías, que te dan miedo, te humillan, te tratan como la peor basura, pasas un trecho, cierran las puertas, pasas a la médica, desnudate, se ponen los guantes…. ¿a quién se lo reclamo esto? Todo lo que me hicieron, el maltrato que me hicieron, me revisaron hasta ahí, porque dije que tenía un problema, fui operada del estómago y del intestino, y por eso terminaron mi revisión», empezó a relatar.

«Mil papeles sellé, no sé. De ahí me meten en una celda, prenden una luz de afuera y me entré en una celda de presas comunes, entro y cierran la puerta. Habían 8 mujeres y 14 camas. Quedé dura por miedo. Me asusté de una manera que no lo podía creer. Sin embargo, soy creyente y Dios me ayudó porque la primera presa que se levantó fue Verónica y le voy a agradecer mucho porque fue la que me alentó. Me preguntó por qué estaba ahí y me dijo que me habían visto por la tele. Otras de las chicas, me dijo que me eligiera la cama y me ayudaron con el colchón. Me dijeron que yo no podía estar ahí, me decían la abuela. Esos dos días y medio que estuve me han cuidado como las mejores, pese a las condiciones deplorables que ellas mismas sufren», dijo.

Esta descripción se repite en muchos relatos. «Recibimos un poco de humanidad», describió el ajedrecista Nicolás Mayorga cuando recordó su paso por la cárcel federal. «Nosotros teníamos la expectativa, porque éramos unos 35, que fuéramos a un pabellón especial de presos políticos. Porque en otras situaciones, como la de los rugbiers, los pusieron todos juntos y nosotros somos gente peligrosa, somos que participó de una manifestación e incluso personas en situación de calle o que vendían choripanes. Las ratas corrían por todos lados, estaban inundados, era un peligro porque los cables estaban todos pelados, en cualquier momento ahí podría haberse electrocutado alguna persona. Y te imaginarás después lo que van a decir, que alguien se suicidó…esa es la situación que viven en el penal. Ellos nos recibieron de buena manera, recibimos un poco de humanidad después de estar siendo transferidos, que todo el tiempo los policías nos preguntaban a qué organización pertenecíamos y nos estaban hostigando. Yo tenía dos balazos de goma que nunca me los trataron», destacó.

«Estuvimos incomunicados. No conocíamos cómo era la causa, hablábamos muy poquitos con las familias, en el pabellón que teníamos había pocos teléfonos para los 40 detenidos. Entonces, no conocía bien cómo se estaba desarrollando la causa. Te soy sincero, con el compañero con el que estábamos detenidos ya nos estábamos imaginando que íbamos a estar hasta febrero, marzo, que nos iban a tener muchísimo tiempo. Porque nos contaban cómo se arman las causas en general en la Justicia, que con cualquier cosa te pueden tener adentro mucho tiempo. Entonces, como nosotros teníamos una causa bastante grave, no éramos optimistas. Creíamos que era una pesadilla, queríamos despertarnos, pero seguíamos ahí, en el penal», recordó poco después de contar que después de su liberación sufre de «estrés postraumático con taquicardía». «Me late a mil el corazón», resumió.

 

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