Espectáculos

No es gracioso- FRANCO RINALDI

Analizamos las acusaciones de racismo, homofobia y misoginia contra Franco Rinaldi, candidato a legislador porteño de Jorge Macri. Performance humorística, discursos de odio y libertad de expresión

Hace poco más de una semana escribí una columna en defensa de Franco Rinaldi, el politólogo liberal y consultor aeronáutico que encabeza la lista de legisladores porteños de Jorge Macri (PRO), a quien denigró un ignoto candidato al Parlasur por La Libertad Avanza, el partido de Javier Milei, diciendo que “nadie quiere votar a un discapacitado” porque “la gente quiere votar a alguien como uno”. Hoy me toca mirar a Franco desde la vereda de enfrente.

Y, ¿qué veo? Bueno, para empezar, veo un compilado de sus transmisiones en vivo denominadas “Un café con Franco”, previas a su ingreso a la política, en el que dice, entre otras cosas, “hace 20 años que sabemos que te hierve la cola” (en referencia a un periodista) y “o los matamos a los morochos o dejamos que hagan lo que quieran”.

Además, lee una pregunta de los participantes (“¿qué hago con la Villa 31?”) y contesta “lanzallamas” haciendo el gestito en plan Duro de Matar, sin que quede claro si está leyendo esa palabra o es idea de él. Pero el concepto posterior sobre qué hay que hacer sí es claramente suyo: “No sé cómo está ahí el tema de los títulos de propiedad, pero voy con la policía, tik, tik, tik (debe haber querido decir “toc, toc, toc”, pero cada uno golpea la puerta como más le gusta). ¡Documento y título de propiedad! ¿No tiene? Chau, afuera. Probablemente tengas que sacar a la mitad de la villa”.

Veo, finalmente, que Rinaldi cuestiona los femicidios y se pregunta “¿cómo se llaman los crímenes contra los hombres?”; que comenta que el gobierno tuvo problemas de contratación cuando “empezaron a comprar mercadería y saltó por la mierda que ya estaban robando con los alimentos para los negros, para los pobres” y que se refiere al movimiento Black Lives Matter como “Black Lies”. Les dejo la traducción a ustedes. A mí no me da el estómago.

La primera reacción de Rinaldi cuando esto se hizo público y la UCR porteña pidió su desplazamiento de la lista ante la Junta Electoral de Juntos por el Cambio, fue la no por antigua menos efectiva excusa conocida como “el perro se comió mi tarea”. ¿Qué dijo? ¡Era un chiiiiiisteee! Se la creyeron, giles. Mirá si voy a decir esas barbaridades en serio. Soy un artista, un standupero, fue todo en el contexto de una obra humorística. Esto fue lo que, palabras más, palabras menos (guiño guiño a un derechoso que sí es artista), le contestó el candidato a Luis Novaresio cuando, como contó el periodista en una tremenda columna publicada acá, le pidió un comentario.

Es parte de una performance, que es lo que es un Café con Franco. Siempre lo fue. Es evidente que es una humorada y por eso a muchos les gusta tanto. Recordarás que en 2021 cuando fui precandidato a diputado nacional en la lista de Ricardo López Murphy el canal ultra oficialista C5N armó un editado más largo con distintas partes del programa que usaron con el objetivo de cancelarme. Recuerdo que vos mismo le preguntaste a Ricardo sobre eso. (…) déjame agregar que desde luego no tengo, ni tuve nunca, una intención discriminadora ni nada que se le parezca. Soy una persona, como vos sabes, con discapacidad y he sufrido y todavía me pasa, la discriminación. Nada más lejos de mí de ejercerla”. Esto le dijo Rinaldi a Novaresio.

¡Una performance humorística! Avisá, campeón. Como no se rio nadie, no nos dimos cuenta. Hablando en serio (es importante a veces aclarar esto, Franco), el argumento artístico es interesante. Porque, ¿a qué se refiere? “Franco es un provocador”, dijo en la misma línea la diputada nacional Sabrina Ajmechet, “no hace falta estar de acuerdo con las cosas que dice para estar en contra de su cancelación”.

Pero, ¿qué quiere decir esto? ¿Franco Rinaldi llamó a “matar a los morochos” como una sátira? ¿Es una parodia como el Micky Vainilla de Diego Capusotto? ¿Es un provocador como quién? ¿Como Robert Mapplethorpe? ¿Como Charlie Hebdo? ¿Como la revista Humor en los 80? ¿Como quién? ¿Como Chaplin imitando a Hitler en plena Segunda Guerra Mundial? ¿O provocador es cualquiera que insulta y discrimina?

¿Fue acaso provocador el libertario que dijo “nadie quiere votar a un discapacitado” o fue apenas un comentario discriminatorio inadmisible? Hagan el ejercicio de reemplazar lo que dijo Rinaldi con la discriminación que más les moleste. En mi caso es el antisemitismo. Imaginen que en vez de “matamos a los morochos”, Franco Rinaldi hubiera dicho “gaseamos a los judíos”. Imagínenlo en serio. ¿De verdad estaríamos diciendo que el muchacho es un provocador?

Rinaldi “pidió disculpas”. “Cuando uno ejerce esa libertad puede eventualmente ofender a alguien y, en ese caso, por supuesto que yo pido disculpas y acepto que pude haberme equivocado. Esto, sin embargo, es parte de una expresión artística”. Es raro, ¿no? No es que quiera convertirme en catadora de provocadores artísticos, pero no es un tema menor. Insisto: ¿qué quieren decir Rinaldi o Ajmechet cuando sostienen que “o matamos a los morochos o dejamos que hagan lo que quieran” está dicho en un contexto humorístico? ¿Y qué quiere decir “pude haberme equivocado”, que pudo no haberse equivocado?

Como dijo Novaresio, Franco no es ni era actor, cómico ni artista. Y, ojo, tal vez hay alguna ironía que no estamos pescando, pero no la han explicado. ¿Cuál es el chiste, el doblez, el subtítulo, el otro sentido estético, artístico, humorístico que no estamos viendo? ¿O será que no era un chiste? ¿O será que apelar ahora al humor es, en cambio, una excusa pésima para ocultar evidentes discursos de odio? El que reconoció que esto es así (y lo bancó fuerte sin esconderse en la farsa del humor) fue Hernán Iglesias Illa. “Conozco a Franco Rinaldi hace 15 años, estoy orgulloso de ser su amigo, admiro sus huevos para animarse a decir lo que piensa, incluso si a veces pisa un callo o se sarpa un poco”, tuiteó el asesor y ghost writer de Mauricio Macri.

Una última reflexión sobre las consecuencias. Como dijo en su célebre Opinión Consultiva N° 5 la Corte Interamericana de Derechos Humanos hace casi 40 años, “la libertad de expresión es la piedra angular de la democracia”. Soy fan de la libertad de expresión. No admito la censura previa. Creo, sí, en las responsabilidades ulteriores (por ejemplo, los daños y perjuicios por calumnias o injurias). Rechazo, además, la criminalización del negacionismo. En Alemania, en Argentina o donde sea. Rechazo también la criminalización de los discursos de odio, excepto que impliquen incitación a la discriminación o a la violencia.

Y rechazo, por último, la cultura de la cancelación. Ni hablar si se trata de separar obra y artista. No te cancelo nada, corazón. Me parece genial que sigan escuchando a Wagner. Yo, sin ir más lejos, soy judía y fanática de Ezra Pound. ¿Woody Allen? Fui a la facultad con Ronan, el único hijo biológico que tuvo con Mia Farrow. Contó toda su historia, lo denunció públicamente y, en lo personal, yo lo banco a muerte, pero no pienso dejar de ver las películas de su padre cual zombi adicta al crack. Y amo, amo, amo al artista que hay en el muchacho aquél de palabras más, palabras menos, aunque relativice los femicidios.

Entonces, ¿qué hacemos con Rinaldi? ¿Lo metemos preso? No. ¿Le impedimos ser candidato? No. Hacemos lo que hay que hacer: analizarlo, cuestionarlo, acusarlo por sus comentarios racistas, misóginos y homofóbicos, pararnos de manos ante cualquier sofista que nos quiera vender que el muchacho es un comediante para no aceptar que, bajo un ropaje liberal, comparte espacio con un reaccionario y nunca, pero nunca, pero nunca, lo votamos. Eso hacemos.

 

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